lunes, 5 de septiembre de 2016

Correr sin freno

JOSÉ LUIS BARBERÍA
UNA MAÑANA de julio, el secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, de 49 años, llega a su despacho, en Madrid, tras haber corrido 13 kilómetros. Hay un brillo de exultación en su semblante. “Entrar en la Casa de Campo todavía de noche y encontrarme allí con el amanecer es toda una experiencia estética e íntima. El sol, tan bajo, alfombraba mis pasos, y en medio del silencio yo me escuchaba a mí mismo: oía mis pulsaciones, notaba la progresión del sudor, sentía que mi cuerpo y mi mente se sintonizaban plenamente. Hay algo místico en esas emociones. He acabado de correr con la sensación de que ya había hecho el día”.
Desde las primeras luces del alba y aun antes –con los frontales para iluminarse en la oscuridad, si es preciso–, millones de habitantes de la aldea global corren por calles y parques, carreteras y senderos, impulsados por un resorte anímico, seguramente primitivo. Es como si una parte de la humanidad se hubiera constituido en la fraternidad universal del sudor y experimentara una nueva manera adictiva de estar en la vida, como si las urbes del planeta se hubieran ensamblado en una carrera de relevos sin fin, como si el repiqueteo de las pisadas, tap-tap-tap-tap, marcara el signo de los tiempos. ¿Cómo se explica esta movilización general? ¿A santo de qué el Homo corredor de nuestros ancestros regresa masivamente en el siglo XXI? ¿Es un cable de tierra que las gentes se procuran para huir de la turbación y el mundanal ruido? ¿Representa un punto de inflexión, un replanteamiento de valores? ¿Tiene que ver con la superpoblación urbana, con el modo de vida, con las crisis económicas? Lo seguro es que la formidable expansión del correr no habría sido posible sin la incorporación masiva de la mujer.
¿Por qué corren? ¿Qué persiguen? ¿De qué huyen? La fiebre del correr, antes footing, ahora running, se consolida como un fenómeno universal que en Estados Unidos ha contagiado ya a más de 50 millones de personas y genera 3.000 millones de dólares (2.650 millones de euros) anuales. No parece una moda pasajera. Esta pasión colectiva apunta más lejos y a fondo en una doble dirección exterior e interior. Detrás de cada dorsal hay motivaciones íntimas e historias personales, a veces soterradas y mimetizadas en la soledad del corredor de fondo. “Empecé a raíz de la repentina muerte de mi mejor amigo, maratoniano, que falleció a los 35 años víctima de una leucemia aguda”, cuenta Juan Soroeta, donostiarra, de 56 años, profesor de Derecho Internacional. “Después de varios meses de depresión, en homenaje a él, decidí ponerme a correr por primera vez en la vida, y me fijé como objetivo su marca de 2h 59m en el maratón. Me costó 10 años, pero desde que la conseguí no he parado. Llevo 30 maratones encima”.

Resetear” la mente por esta vía es una expresión de uso habitual que invoca tanto al poder de relajación como a la oportunidad de rearmarse emocionalmente en un provechoso proceso de reflexión interior. Lo explica el psiquiatra Luis Rojas Marcos, que a sus 72 años no falla a la cita maratoniana de Nueva York. “Mientras corro, a menudo me vienen a la mente soluciones a problemas que consideraba insolubles. Me da la oportunidad de hablar conmigo mismo, de escuchar música o de compartir el tiempo con compañeros y seres queridos”. Todo corredor lleva un propagandista dentro con el doble mensaje de que esta actividad puede cambiarte la vida o mejorarla, y que, puestos en la balanza, los beneficios pesan mucho más que los sacrificios y lesiones. “Corro porque es divertido, placentero, aclara la mente, te lleva a viajar, a hacer amigos, a mantenerte en forma y conocerte a ti mismo. Incluso el esfuerzo es positivo en la medida en que fortalece la mente, potencia la determinación y la constancia”, sintetiza David Cabeza, analista financiero.
Al indudable círculo virtuoso de este deporte –es saludable, barato, democrático; puedes practicarlo cuando quieras, como quieras, donde quieras, en solitario o en grupo– cabe oponerle sus propias sombras: posee un componente adictivo y puede inducir a la obsesión por batir marcas y a acometer retos arriesgados sin la adecuada preparación. Encontrar plaza en el medio millar de multitudinarios maratones que se celebran anualmente en el mundo no es tarea fácil porque la apoteosis del correr ha puesto al alcance de las masas la distancia mítica de los 42 kilómetros 195 metros. Ahora se trata de probarse en la combinación de disciplinas –hay un pasillo del maratón al triatlón– y en el endurecimiento de las condiciones: competir en la montaña, el desierto, la superficie helada de los polos…, a temperaturas altísimas o con muchos grados bajo cero, cargando con la comida, con el material para vivaquear.
El mito del superhombre renace en la forja de las pruebas de Ironman extremas que proliferan cada vez más como estrella de un fenómeno que lo abarca todo: de las carreras de 3.000 metros a las de 555 kilómetros; del asfalto a la hierba, la piedra, la arena o la nieve; del parque urbano a los barrancos y las cumbres de alta montaña. Hay dos millones y medio de españoles, tantos como pares de zapatillas deportivas se venden al año, que corren al menos una vez por semana, en un país en el que la industria del sector factura más de 300 millones de euros anuales y las pruebas atléticas populares superan las 3.000.
¿Por qué corre Kilian Jornet? “Siempre hay razones enterradas que nos conducen a hacer lo que hacemos. Es una búsqueda que nos lleva toda la vida descubrir”, reflexiona este ultramaratoniano y esquiador de montaña de Sabadell en el que se miran los corredores más serios. Jornet, de 28 años, un atleta portentoso que lo gana todo y supera los retos más exigentes, dispone también de una respuesta en versión corta: “Corro, escalo y esquío para sentirme feliz”. Dice que ignora sus razones de fondo, pero que quizá tienen que ver con “nuestra naturaleza animal, la búsqueda de uno mismo a través de la explotación de los límites, la maravilla de los paisajes y también con el limbo situado entre la pulsión que me hace acercarme a la muerte y el reflejo que me hace mantenerme en la vida”.
Pese a que las competiciones populares ofrecen con frecuencia escenas de sufrimiento y hasta un cierto patetismo, conviene no dejarse llevar de antemano por la conmiseración, ni siquiera a la vista del corredor torturado, espasmódico, que se retuerce en la carrera. Sepan los espectadores que estos tipos invierten en dolor el placer que se cobrarán más tarde y que, en el ejercicio masoquista del sufrir como antesala del gozar, ellos mismos se procuran sustancias dopantes que inhiben las alertas de fatiga y amortiguan su calvario. El cerebro entra en acción cuando los músculos se abrasan con el ácido láctico y el cuerpo grita parar, acabar con el tormento. Está demostrado que el ejercicio físico estimula la producción de serotonina en el cerebro y que esa hormona facilita las emociones positivas y protege de la depresión.
“El cuerpo cultiva sustancias que ofrecen un tono vital alto y repercuten positivamente en la llamada hormona de la felicidad. Al correr, nos beneficiamos de ese estado de bienestar”, destaca Francesc Torralba, filósofo, autor del libro Correr para pensar y sentir (Lectio). Llegar a la meta, cumplir con el objetivo, sobrevivir a la dura prueba, instala a los corredores en una suerte de nirvana emocional, un estado de euforia que activa un circuito de autoconfianza, reposición de energías y ansias de volver, por mucho que hayan acabado derrengados, jurando y perjurando que nunca jamás se someterán a semejante padecimiento.
Marta Carrasco, de 39 años, dos hijos, auditora en Deloitte –el club de corredores de esta compañía lo componen más de 200 empleados–, ha acabado su travesía de montaña de 115 kilómetros con esta exclamación: “¡Nunca más!”. Dice que no comparte el furor general, que pasa de entrenadores y dietas personales, que solo corre para relajarse y mantenerse en forma. Sin embargo, cualquier corredor experimentado dejará en suspenso esa promesa porque supone que, pasado un tiempo, Marta puede muy bien reconsiderar su decisión y volver sobre sus pasos. “A veces, yo mismo me asusto al ver la dependencia real que causa esta adicción. El cuerpo te pide correr todos los días, estés como estés”, subraya David Rodrigo, de 36 años, técnico mezclador que trabaja en La Sexta. “Cuando un deportista no puede hacer ejercicio, se siente como gato encerrado, porque necesita su dosis de endorfinas diaria”, apunta Ana García Orden, maratoniana, empleada de Bankinter, que distingue entre los corredores que hacen de ese deporte una filosofía de vida y los que se mueven por instinto gregario arriesgando sin la imprescindible preparación.
Todo corredor de maratón sabe que competir contra sus propios límites o contra los demás entraña poner a prueba no solo la preparación física adquirida, sino también la inteligencia y el temperamento. Sabe que no siempre ganan los más dotados y que la droga más poderosa es la que fabrica el cerebro cuando, rebasado por lo general el kilómetro 30, aparece lo que denominan “el muro”, esa gran barrera fisiológica y mental que vacía las fuerzas de golpe y te atrapa en la sensación de que corres sin avanzar, como en la cinta del gimnasio. Martín Fiz la conoce perfectamente porque es también la pesadilla recurrente de sus sueños.
Campeón del mundo de maratón en 1999, a Martín Fiz le cabe el mérito de haber batido en algunas pruebas a los kenianos y etíopes, cuya supremacía en la larga distancia resulta abrumadora desde hace décadas. El dominio africano vendría a ratificar la tesis antropológica “nacidos para correr”, que explica el salto evolutivo humano por su capacidad para perseguir y agotar a los animales en la carrera. Faltos de la velocidad punta de sus presas, los humanos optaron por especializarse en persistir en el correr. Eso explicaría los ligamentos de la nuca en la base del cráneo que nos permiten mantener la cabeza inmóvil en carrera, los potentes músculos del glúteo que impulsan las piernas, y los tendones y ligamentos de los pies y los tobillos, imprescindibles para correr en velocidad.
Estamos diseñados para correr descalzos. Los calcetines y el calzado actúan de mordazas que agarrotan nuestros pies y les impiden reaccionar a los estímulos de acuerdo con su naturaleza. Imagine qué les habría pasado a nuestras manos si las lleváramos embutidas en guantes de boxeo”, plantea Enric Gómez, de 52 años, maratoniano de San Cugat del Vallés (Barcelona). En 2012, antes de participar en el Maratón del Polo Norte –prueba que requiere abonar 11.900 euros como precio de inscripción–, Enric Gómez se entrenó durante meses con una bici estática en el interior de cámaras frigoríficas industriales de pescado y repostería para aclimatarse a los 29 grados bajo cero en que discurrió la prueba. Partidario del “descalcismo” y el “minimalismo” –solo usa sandalias tipo huaraches, similares a las de los indios mexicanos tarahumaras, en las competiciones de montaña–, corre descalzo desde hace cuatro años y sostiene que, tras una lenta y cuidadosa adaptación, se ha librado de las lesiones y fracturas. “Los pies se me han ensanchado y la piel y la almohadilla del metatarso se han hecho más gruesas”. Recuerda que al principio entrenaba por la noche porque le daba vergüenza que le vieran correr descalzo. En 1960, el gran Abebe Bikila ganó descalzo el maratón olímpico de Roma, pero es ahora cuando la industria pone a la venta zapatillas “guantes del pie”, inspiradas en el lema “Corre descalzo”.
La hegemonía de los atletas africanos se asienta, por lo visto, en la genética de poblaciones secularmente aisladas y acostumbradas a cubrir a la carrera recorridos kilométricos, así como en la ventaja que les aporta la vida en altitud. Martín Fiz añade a estas razones la necesidad de salir de la pobreza y la asimilación de valores como el esfuerzo, la austeridad, la humildad y la capacidad de sufrimiento. “Creo que si los españoles pudimos competir un día con los kenianos fue porque compartíamos algunas de esas cualidades. Mis padres dejaron su pueblo de Salamanca para ganarse la vida en Álava; Abel Antón es de un pueblo de Soria, lo mismo que Fermín Cacho. Desde pequeño, yo siempre he sabido que mi nivel de resistencia al sufrimiento era alto y que me iban las pruebas agónicas”.
A sus 53 años, al atleta vitoriano todavía le excita el “olor de los nervios” que los maratonianos expiden en los instantes previos a la carrera. El verdadero maratón empieza para él a partir de los primeros 30 kilómetros, cuando llega “el momento de la verdad” y hay que enfrentarse al “muro”, en el límite del sufrimiento humanamente razonable. “Me hago fuerte en esos trances. Me repito que he nacido para esto, me concentro y solo escucho, en un murmullo, los gritos de ‘¡Fiz, Fiz!’, ‘¡Ánimo, Martín!’. Me imagino alzando los brazos, subiendo al podio; pienso en mi padre, que se sacrificó para que yo tuviera mis primeras zapatillas de correr”.
No existe una fórmula. Para disputar el maratón, ese “Everest urbano”, todo corredor tiene que diseñar su estrategia de supervivencia mental y aferrarse a la idea de que los límites no son inamovibles. En Nacidos para correr, la célebre obra de Christopher McDougall (Debate), se cuenta que un hombre de 95 años hizo 40 kilómetros de montaña porque “nadie le había dicho nunca que no podía hacerlo”; nadie le había dicho que lo suyo era languidecer moribundo en un asilo de ancianos. Haruki Murakami recoge en su libro De qué hablo cuando hablo de correr (Tusquets) el mantra que un maratoniano recitaba desde el kilómetro 1: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, depende de uno”. En la misma obra, el escritor japonés da cuenta de la experiencia metafísica que experimentó durante una larga carrera. “Tuve que echar mano de todo mi repertorio de recursos: no soy humano, soy una máquina y no tengo que sentir nada. Repetí esta frase hasta el momento mágico (…). Al llegar al kilómetro 75, sentí como si mi cuerpo hubiera atravesado una pared de piedra y pasado al otro lado”. A partir de ahí, el cansancio dejó de ser un problema. Durante el resto de la prueba, “fluyó como el viento” y sobrepasó a 200 corredores. “Si hay un contrincante al que debes vencer en tu carrera de larga distancia, ese eres tú”.
En los momentos en los que se trata de engañar al cuerpo y combatir sus requerimientos para que cese el suplicio, hay corredores que recitan jaculatorias y mantras de autoayuda: “Confía en ti”, “No estás solo”; que reviven escenas gozosas; que se recrean en el niño que creen haber sido; que piensan en su hijo, que les espera en la meta; en la madre, en la novia, en la fiesta, en los propósitos-coartadas que les empujan: “Corro contra la espina bífida”, “la violencia de género”, “el cáncer de mama”, “por la investigación de la leucemia infantil”, “por la independencia de mi país”, “a favor de los animales”…
Pocos reconocerán que padecen el síndrome de Peter Pan y que, por lo mismo que han roto con su mujer o su marido, corren por liberarse del peso de los años y volver a sentirse jóvenes. Otros ocupan así su tiempo de desempleados forzosos y se desfogan. Hay de todo, también frivolidad y extravagancia crecientes en las pseudocarreras temáticas –la del botellón, la de la batalla campal, la del barro…–, en acusado contraste con proyectos donde la humildad va de la mano de la calidad y la solidaridad. “Una de las mejores carreras es Hardrock 100. No hay podio, todos los que terminan son llamados y aplaudidos por igual, y tampoco se hacen diferencias en la inscripción”, apunta Kilian Jornet. En su opinión, el deporte es una manifestación extrema de un mundo muy jerarquizado.
Martín Fiz contempla con aprensión el avance del verano. Tras haber corrido unos 300.000 kilómetros, la vida de un buen coche, tiene molestias en un gemelo y necesita recuperarse plenamente para su próximo reto, el 25 de septiembre en Berlín. Cuando se retiró de la élite profesional, Fiz se marcó el objetivo de ganar los seis grandes maratones mundiales en la categoría de corredores mayores de 50 años. Ya lo ha hecho en Nueva York, Tokio y Boston. Le quedan Berlín, Londres y Chicago. No puede parar. ¿Qué haría si no pudiera seguir corriendo?, le pregunto. “Me sentiría como si estuviera condenado a una silla de ruedas. Supongo que podría hacer más cosas, pero no sé, necesitaría algo muy grande para seguir viviendo”, dice Martín Fiz. La respuesta de Kilian Jornet a la misma pregunta no difiere demasiado: “¿Se puede dejar de amar algo que has amado desde siempre? ¿Se puede dejar de amar a tu madre? Salvo accidente, parar es imposible para mí”. Cabe preguntarse si existe alguna otra pasión u hormona, ¿la del enamoramiento, quizá?, capaz de poner coto a esa dependencia vital y al mensaje subyacente de que detenerse es morir.
La incorporación de la mujer al deporte al aire libre es un elemento determinante en la eclosión mundial del fenómeno. En las distancias cortas y medias, componen ya la mitad del pelotón. Su progresión en los maratones, ultramaratones, pruebas de trail running (carreras de montaña) y triatlones Ironman es fulgurante, hasta el punto de que el maratón de Chicago cuenta con una participación femenina del 50%. Las mujeres bien preparadas tienden a alcanzar y superar a los hombres en las carreras más largas. De hecho, en la Leadville Trail 100 Run de Colorado (160 kilómetros) el porcentaje de las que terminan la prueba es muy superior al de ellos. ¿Cómo se explica esa alta competitividad física femenina en los ultramaratones? Los fisiólogos argumentan que el glucógeno del cuerpo, asociado coloquialmente por sus prestaciones con la gasolina súper, se acaba en los kilómetros 30 –el fatídico tramo del muro–, y tiene que ser sustituido por la grasa, el componente diésel del que las mujeres cuentan con mayor disponibilidad.
Cristina Mitre, periodista, fundadora del movimiento Mujeres que Corren, se inició para bajar peso, pero ha encontrado en esa actividad una provechosa pasión cargada de sentido. “Correr me hace poderosa. Es como el wasabi en el sushi: si lo pruebas, ya no puedes pasarte sin él”. Dice que correr alivia muchos síntomas de la menopausia y la menstruación y libera fuerzas interiores femeninas desconocidas. “Cada carrera es un festejo de vitalidad, la celebración de la vida”, afirma esta mujer entusiasta que superó un cáncer de ovarios y hoy se siente “mucho mejor pertrechada” para hacer frente a cualquier enfermedad. Felicidad, libertad y vida en plenitud son los estandartes mayores de este fenómeno que genera afinidades y reúne en el mismo empeño a banqueros y parados, jóvenes y viejos, deportistas de élite y principiantes.
“Corro para sentirme libre, sano y en paz conmigo mismo. Es una obsesión positiva que me ayuda a mejorar”, comenta desde las Montañas Rocosas de Colorado (EE UU) el empresario y economista Javier Arroyo, de 44 años, padre de dos hijos. Además de resolver su problema de sobrepeso –ha bajado de 110 kilos a 79–, Juan Rubio, de 45 años, con dos hijos, director de una agencia de publicidad, ha encontrado en el correr un molde en el que asentar una vida que declara marcada por la felicidad. “Ser maratoniano forma parte de mi manera de ser porque me gusta construir poco a poco, como se trabaja durante los cuatro meses de entreno del maratón”. Para Francesc Torralba, la palabra clave es liberación. “Correr es refrescante, te libera del estrés y de las emociones tóxicas y te reconcilia con la naturaleza. Es una forma de huir y de procurarse un refugio, y también un laboratorio personal en el que fluyen ideas y pensamientos. Le encuentro un vínculo espiritual en la medida en que permite la meditación y la oración”, afirma el filósofo catalán de 49 años, padre de cinco hijos.
“Correr enseña a disciplinarse y a enfrentarse a las dificultades, además de incrementar la capacidad de sufrimiento y de resistencia al estrés”, destaca David Pérez Renovales, de 50 años, padre de dos hijos, director de Línea Directa. Al igual que su hermano Jaime, secretario del consejo de administración del Banco de Santander, David forma parte del Círculo Empresarial Maratoniano, que reúne a decenas de capitanes de empresa. Como tantos otros, los hermanos Pérez Renovales siempre viajan con las zapatillas en la maleta. “No hay forma más bonita de conocer una ciudad que cuando se despierta”, dicen. De día o de noche, sobre el asfalto o la tierra, tap-tap-tap-tap, los pasos de los corredores resuenan por medio mundo como una señal de los tiempos.
EL PAÍS SEMANAL, Domingo 04 de septiembre de 2016

jueves, 1 de septiembre de 2016

Seis consejos para evitar que las piernas se carguen tras correr

RAQUEL ANTUÑA
Piernas doloridas, pesadas, gemelos y muslos endurecidos. Seguramente estas son algunas de las sensaciones más molestas y desagradables que se pueden tener al acabar un entrenamiento, ya sea de running o en el gimnasio. ¿Por qué nos ocurre esto? ¿Es normal? No, no es normal: si nuestro cuerpo responde así al ejercicio es porque hay algo que no estamos haciendo bien.
Una incorrecta alimentación, una mala hidratación, una técnica de carrera poco perfeccionada, los constantes impactos o incluso problemas de circulación pueden influir de forma determinante en el proceso de recuperación. Nuestra musculatura no hace más que responder a nuestros hábitos. Por eso, hoy os proponemos unas reglas básicas para cumplir antes y después de salir a entrenar, con las cuales minimizar los daños y lograr que el tren inferior se cargue menos. 

1. La hidratación es clave

Un músculo mal hidratado es un músculo más fatigado. Lo mejor es beber unos dos vasos de agua antes de salir a correr o pequeños tragos durante el entrenamiento. Así evitaremos que los músculos hagan más esfuerzo de la cuenta con la consiguiente fatiga y carga posterior.

2.  Calienta antes de correr

Un calentamiento previo es la mejor forma de que el cuerpo se adapte al entrenamiento intenso. Lo ideal sería empezar con un poco de carrera suave, unos estiramientos ligeros y acabar con algunas sentadillas, zancadas y calentamiento articular. Así nos libraremos no solo de las lesiones, sino del cansancio prematuro. 

3. Evita las superficies duras y las cuestas abajo

También debemos tener en cuenta los condicionantes externos. Correr mucho tiempo sobre una superficie dura propicia, en buena medida, que nuestras piernas terminen por cargarse. Correr por asfalto crea mucho impacto a los músculos y articulaciones; igual que no llevar un calzado adecuado. Así pues, la mejor solución es alternar superficies: tierra, césped y tartán.
Del mismo modo, las cuestas abajo son las grandes enemigas de los músculos. Para minimizar sus efectos, lo recomendable es que seamos nosotros los que controlemos la bajada, y no al contrario. Los cuádriceps lo agradecerán.

4. Acorta tu zancada

Parece un consejo algo raro, pero cuanto más amplia sea nuestra zancada, más fuertes serán los impactos que sufra nuestra musculatura, y mayor será la fuerza que tenga que soportar. Así que si hacemos la ecuación a la inversa, a zancada más corta, músculos menos castigados. 

5. Estira y descansa

Sabemos que cuesta, que no siempre apetece, pero los estiramientos postentrenamiento son fundamentales en la tarea que nos atañe. Lo peor que podemos hacer es frenar en seco y seguir a lo nuestro. Un poco de trote suave y algunos estiramientos de la zona que hemos trabajado ayudarán a la recuperación.
Además, el cuerpo necesita recuperarse convenientemente del esfuerzo así que es mejor evitar enlazar grandes esfuerzos con otros de igual intensidad. El descanso debe ser siempre proporcional al ejercicio que se realiza. 

6. Baños de contraste y piernas en alto

Para mejorar la circulación sanguínea no hay nada mejor que los baños de contraste frío-calor. No hace falta contar con ningún aparato de última generación, ni meterse en la bañera, ya que se pueden hacer en la ducha tranquilamente. Para favorecer el retorno venoso, lo mejor es dormir con las piernas un poco elevadas sobre la posición del resto del cuerpo. Con usar un cojín bajo nuestros pies será suficiente para recuperar la musculatura antes y mejor.
EL CONFIDENCIAL, 26/08/2016

Cómo evitar las agujetas: trucos y consejos para no sufrirlas nunca más

R.A.G.
Son molestas, en ocasiones pueden llegar a ser hasta dolorosas y nadie se libra de ellas. Parece un acertijo, pero no hace falta pensar mucho para saber que nos estamos refiriendo a las agujetas, esa rigidez muscular que aparece al finalizar una sesión de entrenamiento reduciendo la capacidad de movimiento de la zona afectada o tras un gran esfuerzo físico. 
El riesgo de sufrirlas siempre está presente, tanto si somos novatos y no tenemos el cuerpo acostumbrado, como si lo que hacemos es cambiar nuestra rutina habitual o aumentar la intensidad. Por suerte no duran para siempre, y aunque suelen manifestarse entre 24 y 48 horas después de realizar el esfuerzo, alcanzan su pico máximo de dolor entre las 48 y las 72 horas siguientes a la actividad. Tras ese período, ya estamos a salvo.
Pero, ¿alguna vez os habéis parado a pensar por qué se producen? Los actuales estudios apuntan como principal causa a una reacción inflamatoria en respuesta a pequeñas roturas de las fibras que se producen al someter al músculo a un ejercicio de intensidad al que no está acostumbrado. Y esas dan paso a una reacción inflamatoria que es finalmente lo que produce el dolor. Por eso es más habitual que las personas que llevan tiempo sin entrenar o que tienen menos experiencia entrenando sean las que más las sufran.

Claves para la prevención

Ahora que ya sabemos por qué se producen, la clave es aprender a reducirlas y no simplemente echarles la culpa y escudarnos en ellas para dejar a un lado el entrenamiento. Tampoco se trata de evitar a toda costa los ejercicios que hacen que nuestros músculos se contraigan con fuerza mientras se alargan, o dejar de hacer sentadillas, flexiones o correr cuesta abajo, pero sí, por lo menos, tenerlo en cuenta. 
Siendo sinceros, quizás nunca logremos hacer desaparecer las agujetas al 100% pero lo que sí se puede hacer es trabajar para reducir su intensidad y la duración del dolor muscular que producen
Mucha gente propone hacer estiramientos. Desafortunadamente, tenemos que decir que estudios científicos no han podido demostrar que hacerlo tenga beneficios sobre la prevención del dolor muscular. Lo que sí es cierto es que los músculos aprenden a adaptarse a las fuerzas que se ejercen en el cuerpo. Por lo tanto, la mejor manera de prevenir las agujetas es hacer un calentamiento gradual.
La regla del diez por ciento es la que mejores resultados ha obtenido a este respecto. Esta consiste en no aumentar más de un 10% por semana el tiempo y la intensidad de nuestro entrenamiento hasta que nuestro cuerpo se haya adaptado al esfuerzo. Además debemos evitar hacer cambios bruscos importantes en el tipo de ejercicio.
Si lo tuyo es el gimnasio, inicia los ejercicios con pesas con un alto número de repeticiones pero un bajo peso, y poco a poco ve aumentando la cantidad de peso a medida que pasan las semanas.
Más allá de los estiramientos, es recomendable hacer un calentamiento completo antes de la actividad y ejercicios de enfriamiento después. Esto, unido a una correcta hidratación y una buena alimentación adecuada a nuestro ejercicio, también ayudará a rebajar los efectos de las agujetas. 
Haz caso a lo que tu propio cuerpo te dice. Es fundamental que lo dejes descansar hasta que el dolor desaparezca completamente antes de volver a someterle a una nueva tanta de ejercicio intenso.
EL CONFIDENCIAL, Jueves 1 de septiembre de 2016

miércoles, 24 de agosto de 2016

¿Qué debo comer antes y después de una sesión de running?

RAQUEL ANTUÑA
Antes de afrontar o de terminar una sesión de entrenamiento solemos pensar en cómo preparar nuestro cuerpo para que no sufra las consecuencias físicas del ejercicio. Estiramientos, tandas suaves para relajar músculos y evitar sobrecargas... Pero casi nunca pensamos que hay otro tipo de cuidado que también influye en la preparación y recuperación. Y ese no es ni más ni menos que el cuidado alimenticio.

Los amantes del running bien saben de la exigencia de este deporte y del desgaste físico y mental que puede producir si no se llega en buenas condiciones a los entrenamientos y competiciones. Por eso, si cabe, cuidar nuestra alimentación antes y después de correr es aún más importante.
No es bueno ni pasarse ni quedarse cortos. Por eso os ofrecemos unas guías básicas de qué alimentos ingerir y cuándo es mejor que lo hagamos para sacar el máximo partido a nuestras capacidades físicas. 

Antes de salir a correr

Lo primero y más importante es saber que nunca debemos salir a correr sin haber ingerido antes algún alimento. Si lo hacemos, lo más probable es que síntomas como la fatiga o la debilidad de las piernas aparezcan rápidamente impidiéndonos seguir adelante con nuestro entrenamiento.
Del mismo modo, tampoco es bueno empezar nuestra tanda de ejercicios después de habernos pegado un auténtico atracón. Hay que llenar nuestro 'depósito' pero en su justa medida. ¿Dónde está el punto intermedio? No es el mismo para todos, pero seguro que poco a poco vais conociendo vuestro cuerpo y termináis por amoldaros a sus necesidades. Aún así, para empezar, se recomienda ingerir hidratos de carbono de absorción lenta que nos aporten entre 150 y 200 calorías dependiendo siempre del peso corporal de cada uno.
Al digerirse, estas biomoléculas van proporcionando glucosa al cuerpo, la fuente de energía de las células, por lo que cualquier tipo de pasta, el arroz, las legumbres, los cereales integrales e incluso las patatas, siempre que se consuman troceada o en puré, son el mejor combustible para nuestro organismo.

Durante la carrera

Hay muchos corredores que prefieren saltarse este paso, pero si vamos a realizar una tanda de entrenamiento larga o a afrontar una carrera de larga distancia, no está de más pensar también en la posibilidad de avituallarnos a mitad de ejercicio. Aquí entrarían en acción los carbohidratos de absorción rápida. Estos se encuentran, por ejemplo, en las barritas de cereales, fáciles de llevar con nosotros para evitar posibles desfallecimientos. 
En los últimos tiempos gran número de estudios se inclinan más por la ingesta de geles energéticos por tener menores cantidades de azúcar. Estos son suplementos con un alto contenido en hidratos de carbono simples cuyo objetivo principal es proveernos de energía rápidamente. Pero su uso requiere tener en cuenta varias cosas:
- No hay que usarlos nunca en entrenamientos cortos. El glucógeno almacenado en nuestros músculos empieza a agotarse 90 minutos después de empezar a correr a ritmo elevado por lo que reponer hidratos antes de ese tiempo resulta innecesario.
- Pueden generar molestias estomacales en corredores sensibles, así que es recomendable probarlos antes del día de la carrera para evitar sustos y siempre acompañados de agua.

Después de la carrera

Es muy recomendable comer frutas como plátano (que también es muy efectivo durante el entrenamiento), uvas, pomelo o manzana, ya sea al natural o en batido. Los frutos secos como las nueces, las pasas o las almendras también están permitidos. ¡Ah! y sí, después de correr no está de más que os peguéis un capricho con chocolate, siempre en su justa medida, claro. Todo ello ayudará al músculo en su recuperación.
Además no hay que olvidarse de los líquidos. Beber agua en abundancia o bebidas ricas en carbohidratos servirá para hidratarnos, recuperar las sales minerales perdidas por el sudor y limpiará el organismo de los desechos que genera el ejercicio.
Por último, hablamos de las proteínas. Son imprescindibles también durante los periodos de entrenamiento, pero como suelen tardar en digerirse, es mejor tomarlas después de correr que antes. El pollo, el pavo, las carnes rojas, los huevos, el pescado y los lácteos nunca pueden faltar en la cesta de la compra de un buen runner. Pero sobre todo todo huíd de las grasas. Después de entrenar nuestro cuerpo tiende a digerir proteínas y carbohidratos y las grasas retrasan su digestión estropeando todo nuestro trabajo anterior.
EL CONFIDENCIAL, Miércoles 24 de agosto de 2016

viernes, 11 de diciembre de 2015

Por qué hacer la compra por colores no es ninguna tontería

La naranja aporta vitamina C y la chirimoya es generosa en potasio, pero la riqueza nutricional de las frutas (y las verduras) no tiene que ver solo con vitaminas y minerales. Desde hace ya unos años se conoce la relevancia “de otros tipos de componentes denominados ‘no nutrientes’ […] con propiedades fisiológicas importantes, lo que ha dado lugar a que se consideren sustancias bioactivas”. Como expone el Consejo Europeo de Información sobre la Alimentación (EUFIC), estas sustancia se denominan fitoquímicos o fitonutrientes y son responsables del color de frutas, verduras y hortalizas.
A mayor variedad cromática, más beneficios. © iSTOCK
Podemos decir que los fitoquímicos son el sistema inmunitario de las plantas (las protegen de la radiación solar, de la falta de nutrientes del suelo, de las plagas…), pero lo más curioso de estas sustancias es que, cuando las ingerimos a través de los vegetales, sus beneficios pasan a nosotros. Así, las frutas tienen un valor añadido más allá de su aporte de vitaminas o fibra”, resume Vanesa León García, miembro del Comité de Prensa de la Asociación de Dietistas Nutricionistas de Madrid (ADDINMA).
Hay que comer como mínimo tres o cuatro piezas de fruta al día, y en la variedad está el gusto”, afirma Luis Cabañas, coordinador de la Comisión de Prensa del Colegio Oficial de Dietistas-Nutricionistas de la Comunidad Valenciana (CODiNuCoVa). Este experto apuesta, además, por fijarse especialmente en las frutas de temporada, “recogidas en su periodo de madurez óptimo y con todas sus cualidades nutricionales intactas”.
El mejor consejo que podemos dar es aumentar el consumo de alimentos de origen vegetal y llegar a cinco raciones entre fruta y verdura al día, pero esa recomendación se queda corta si no añadimos ‘de diferentes colores’. No existe una superfruta; es la combinación de las distintas frutas y verduras la que aporta los mayores beneficios para la salud. Cuanto más color, más salud”, añade la dietista-nutricionista de ADDINMA. Y esto es lo que nos dice el tono predominante de los vegetales.

1. Color rojo: cerezas, fresas, granada, arándano rojo, sandía , frambuesa, tomate, pimiento rojo, rábano…
 
Son fuente de varios fitonutrientes, entre los que destacan el licopeno y el ácido elágico, relacionados con la salud de las células, la protección del material genético (ADN), la salud cardiovascular y la salud de la próstata”, cuenta Vanesa León. Sobre el licopeno, este estudio realizado a 126 hombres en la Universidad de Yonsei (Corea del Sur) comprobó su capacidad para reparar daños celulares y hacer que crezcan las partículas de LDL (el colesterol malo); este aumento de tamaño, paradójicamente, resulta beneficioso, ya que así las partículas tienen más dificultad de atravesar la pared de las arterias. Otra investigación, en este caso de la Universidad de Hallym, resalta que el ácido elágico previene la destrucción del colágeno y el fotoenvejecimiento de la piel. Este polifenol también inhibe la migración y la invasión de líneas celulares de cáncer de próstata, como demuestra este otro estudio.

2. Color verde: kiwi, aguacate, lima, pimiento verde, brócoli, espinaca, acelga, té verde, soja verde, berro, calabacín, lechuga, coles de bruselas, berza…
 “Son fuente de varios fitonutrientes, entre los que destacan la luteína, la zeaxantina, el EGCG, los isotiocianatos o las isoflavonas. Están relacionados con la salud visual, la salud pulmonar y la correcta función hepática
”, explica la dietista de ADDINMA. Según la Asociación Americana de Optometría, “muchos estudios han demostrado que la luteína y la zeaxantina reducen el riesgo de enfermedades oculares crónicas, incluyendo la degeneración macular y las cataratas”. Por otro lado, en un seguimiento realizado a más de 76.000 japoneses durante 11 años se relacionó la ingesta de isoflavonas de soja con un menor riesgo de padecer cáncer de pulmón en hombres y mujeres no fumadores. También se ha demostrado que los isotiocianatos inhiben el crecimiento de varios tipos de células cancerosas.
 
3. Color naranja/amarillo: naranjas, mandarinas, limones, albaricoques, melocotón, maracuyá, piña, papaya, mango, zanahoria, calabaza…
⇒ Son fuente de los fitonutrientes hesperidina, beta-critoxantina, beta-caroteno y alfa-caroteno, entre otros. Destacan sus beneficios demostrados en microcirculación periférica [transporte de nutrientes a los tejidos], salud visual, hidratación de la piel y refuerzo de las defensas”. Un estudio publicado en The American Journal of Clinical Nutrition determinó que la hesperidina contribuye, además, a controlar la presión arterial, y el University of Maryland Medical Center señala evidencias científicas que sugieren que quienes comen cuatro o más raciones diarias de frutas y verduras ricas en beta-caroteno pueden reducir su riesgo de desarrollar enfermedades coronarias o cáncer. El mismo centro de investigación destaca a capacidad de este fitonutriente para ayudar a las personas con alta sensibilidad al sol.
 
4. Color morado: uvas tintas, grosella, mora, zarzamora, arándano morado, ciruela, higo, repollo rojo, berenjena…
⇒ 
Entre sus fitonutrientes sobresalen las antocianidinas y el resveratrol, que han demostrado mejorar la salud de las arterias (salud cardiovascular) y la salud cognitiva del cerebro”, detalla Vanesa León. Sobre el papel cardioprotector de resveratrol, varios estudios certifican esta capacidad.
 
5. Color blanco: manzana, pera, plátano, ajo, cebolla, col, nabo, puerro, coliflor, rábano blanco…
⇒ Destacan sus fitonutrientes alicina y quercentina, con beneficios para la circulación sanguínea (salud cardiovascular) y el mantenimiento saludable de los huesos”. Una colosal investigación de la Universidad de Wageningen hizo un seguimiento durante diez años a 20.069 hombres y mujeres tras el cual se determinó, entre otras conclusiones, que “cada incremento de 25 gramos diarios de frutas y verduras blancas se asoció con un 9% menos de riesgo de ictus”.
EL PAÍS/HOGAR.COM, 16/11/2015

viernes, 2 de enero de 2015

¿Por qué nos cuesta tanto comenzar a hacer deporte?

DAVID MARTÍN ESCUDERO
Psicólogo
Se acerca enero, ese mes de buenos propósitos e inicio de una vida más saludable. Muchos de nosotros pensamos en comer más sano, tratar mejor a quien queremos, leer más, ver menos televisión o hacer algún deporte.
El ejercicio físico, además de las mejoras en nuestro estado de forma, trae consigo una serie de impactos positivos en nuestra salud y bienestar psicológico. El deporte también afecta positivamente a la autoestima, ya que trae una mejora de la percepción de la imagen corporal, constituye un espacio de distracción de pensamientos y emociones negativas, y una oportunidad de socialización.
Sin embargo, si hacer deporte es tan positivo y necesario, ¿por qué nos cuesta tanto comenzar?
Posiblemente porque cuando comenzamos, percibimos algunas dificultades o desventajas que no habíamos previsto. Puede que la actividad elegida sea más difícil de lo que creíamos, incluso sintamos que no va con nosotros o que se trata de algo que no compartimos con casi nadie. Comienzan las dudas y nuestra fuerza de voluntad se agrieta.
A todos nos es relativamente fácil establecer un propósito. Sin embargo, concretar esta decisión en acción es un asunto más peliagudo. Para explicar por qué nos cuesta llevar más a la práctica unas decisiones que otras, uno de los modelos teóricos más ampliamente aceptado es la Teoría de la Conducta Planificada (TCP). Se trata de un modelo centrado en los factores motivacionales individuales que son considerados determinantes de la probabilidad de que una persona realice o no una conducta.
A grandes rasgos, la predicción que realiza la TCP establece que cuanto más positiva sea la actitud, se disponga de mayor apoyo social y cuanto más control sobre la conducta se perciba, más probable será que el individuo tome la decisión de llevarla a cabo. A su vez, cuanto más robusta sea esta decisión, más control real se tenga sobre la misma y mejor se sienta uno en su puesta en marcha, mayor será la probabilidad de realizarla.
A continuación se detallan las variables principales y complementarias de la TCP (aquellas que han generado más volumen de investigación en la última década). También se incluye una serie de recomendaciones para aumentar la probabilidad de éxito en el inicio de la práctica deportiva.
1. La actitud se refiere a la valoración de hace el individuo de la conducta y contempla la ponderación (consciente o no) de la relación esfuerzo y beneficios: elige tus propios motivos y sé consciente de tu realidad. Es aconsejable hacer una lista de ventajas y desventajas de la actividad física elegida, por ejemplo, comenzar a correr. Entender las ganancias y los costes implicados hará que tomes una actitud inicial adecuada y realista.
2. La norma subjetiva hace referencia a la percepción de la presión social a la que se enfrentará para llevar a cabo o no la conducta: si anticipas el respeto en las miradas de tus vecinos cada vez que bajes a la calle a correr, enfundado/a en mallas negras, con tus zapatillas flúor, significa que vas bien. Si sientes que te miran como a un oligofrénico disfrazado de superhéroe..., vas un poco peor.
3. El control conductual percibido se relaciona con la percepción de control sobre la conducta y la anticipación de la dificultad o barreras para llevarla a cabo: la actividad física debe ser factible, debes sentirte capaz de llevarla a cabo. El deporte elegido debe ser asequible para nuestro estado físico, bolsillo, disponibilidad horaria, etc. Por ejemplo, si tienes dificultades económicas, prioriza una actividad gratuita y accesible como comenzar a correr. Si te aproximas más a Falete que a Cristiano Ronaldo, comienza poco a poco, planteándote objetivos alcanzables.
4. La conducta previa, referente a la experiencia previa del sujeto con relación a la conducta, y la consiguiente integración de la experiencia pasada en la conducta presente y futura: si has hecho deporte en el pasado, tus posibilidades aumentan. Si la nueva práctica supone una ruptura con tu identidad anterior, tus posibilidades decrecen. Intenta elegir una práctica cercana a tu experiencia.
5. El control real o grado en el que el sujeto posee control sobre la conducta de manera objetiva: es fundamental elegir una actividad asequible a tu capacidad física y planificar con antelación. Debes valorar dónde, cuándo, cómo, con qué, con quién, etc. Si practicar el deporte elegido conllevará una serie de obstáculos no previstos, será más complicado hacerlo con la regularidad deseada.
6. La certeza de la intención, o el nivel de seguridad que mantiene el sujeto con relación a su intención de llevar a cabo la conducta: es decir, si no estás completamente seguro/a, no quemes todos los cartuchos. ¡Convéncete antes!
7. La norma descriptiva, que se define como una estimación de la proporción de personas que sirven de referencia al sujeto que practican la conducta en cuestión: si comenzar a hacer deporte te hace sentir un/a paria entre tus amigos o familiares, tus posibilidades decrecen. Elige una actividad que puedas compartir, sobre la que puedas hablar, o por lo menos, que no te convierta en un alien en tu círculo más cercano.
8. La semejanza al prototipo, referente a la percepción de cercanía a las características del tipo de sujeto que desarrolla la conducta: si no sientes que eres el tipo de persona que hace zumba o aerobic, mejor elige otra actividad que vaya más contigo. En cualquier caso, comenzar a hacer deporte no tiene por qué fragmentar tu identidad. Al fin y al cabo, una misma persona puede correr por la mañana y disfrutar unas cañas por las tarde.
9. El remordimiento anticipado o anticipación del malestar en el caso de no alcanzar el objetivo establecido: antes de comenzar, cierta preocupación por alcanzar el objetivo puede potenciar la adherencia a tu propósito. Por el contrario, un grado de exigencia excesivo puede jugar en tu contra. Si anticipas que el fracaso te convertirá en un/a loser perezoso/a detestable, tenderás a apartarte la meta. Tómatelo con calma, ¡poco a poco!
10. La estabilidad de la intención, referente a al mantenimiento temporal de la intención. Un buen propósito no tiene sentido si se te olvida en dos días. Si elaboraste la lista de ventajas y desventajas, ¡guárdala! Podrás echar un vistazo cuando tu fuerza de voluntad flaquee.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Por cada minuto que empleas en el ejercicio físico ganas siete de vida

DANIEL CAMIROAGA

El tiempo corre inexorable para todos nosotros, y es inevitable envejecer, pero el modo en que lo haces y tu calidad de vida dependen solo de ti. El reloj avanza, pero tú puedes hacer que vaya más despacio.
A partir de los 30 comienzan a deteriorarse varias constantes que limitan tus capacidades, como puede ser el pulso, la frecuencia cardiaca máxima. Tu corazón va perdiendo capacidad de bombear sangre y oxígeno, la sangre se va haciendo más espesa; todo ello produce que nuestra actividad aeróbica se vea limitada e incluso se reduzca, lo que lleva aparejado una ganancia significativa de peso. A partir de los 40 comenzamos a perder musculatura, lo que reduce nuestra movilidad; los reflejos se van ralentizando, empezamos a perder neuronas y la memoria empieza a perder facultades.
El panorama pinta negro, pero hay estudios publicados por prestigiosas universidades americanas que confirman que el ejercicio y la carrera pueden invertir y retrasar este proceso. Así lo afirman expertos de la universidad de Harvard y de Illinois, que argumentan que la mayoría de estos deterioros se producen porque a partir de cierta edad dejamos de hacer ejercicio, no usamos ciertas partes vitales de nuestro organismo, y esto provoca la aceleración del deterioro de muchas funciones.
Ya en el siglo XVII el doctor escocés Buchan afirmaba que nada contribuía más al envejecimiento que la falta de ejercicio. Estas investigaciones han venido a demostrar ahora que esta teoría era cierta.
La universidad de Texas pidió a un cierto número de voluntarios de 20 años que durante sus vacaciones solamente reposaran en la cama. Tres semanas después, encontraron que al final de este periodo sus constantes se habían deteriorado hasta niveles similares a los de una persona de 40 años. Posteriormente pidieron a otro grupo de voluntarios de 40 años que durante un mes siguiera un plan de entrenamiento y tonificación muscular. En seguida comprobaron como sus constantes mejoraban hasta ser similares a lo de una persona diez años menor.
Actualmente existe consenso unánime a nivel científico en la recomendación de que hay que realizar un mínimo de 2,5 horas de ejercicio a la semana, para mantener un buen nivel y calidad de vida.
Estos estudios concluyen también que los beneficios no se quedan sólo en una mejora del aspecto físico y un bienestar inmediato, sino que realizar ejercicio regularmente alarga la vida. Profesores y médicos de Harvard y del instituto Nacional de Cáncer de USA afirman que cada minuto que inviertas en hacer deporte y estar activo te producirá un retorno de hasta 7 minutos más de vida. El hecho de estar más o menos en forma y en tu peso puede suponer una expectativa de vida de al menos 7,2 años más.  

La importancia de una buena calidad de vida
Hasta ahora se creía que una actividad física diaria y moderada podía alargar la vida hasta cuatro años, pero recientes estudios universitarios realizados en universidades de Australia confirman que estos cálculos se quedaban cortos. Estas investigaciones se basaban en realizar ejercicio moderado, como nadar o andar rápido. Ahora se sabe que, si los sustituyes por carrera continua, necesitarías la mitad de tiempo para alcanzar el mismo resultado.
Asimismo, investigadores de la universidad de Illinois han concluido que aquellas personas que hicieron 75 minutos de ejercicio moderado a la semana aumentaron la esperanza de vida alrededor 1,8 años. Afirman que cuanto más intenso es el ejercicio más mejoras obtienes y más prolongas tu calidad de vida. Los mayores beneficios los obtenían aquellas personas que realizaban alrededor de 450 minutos de actividad moderada a la semana. Este grupo vio prolongar su vida una media de hasta 4,5 años más que otro grupo de la misma edad que no hacía ejercicio.
Estudios similares del profesor Stuart Olshansky de la Universidad de Illinois concluían que correr regularmente puede prolongar la vida útil hasta 6 años.
Otros estudios realizados por el Colegio de Cardiología Americano demuestran que el sedentarismo es casi tan nocivo para la salud como el tabaco. Aquellas personas que permanecen sentadas más de 6 horas al día tienen una expectativa de vida de hasta un 40% menor que aquellos que no pasaban más de 3 horas es esta posición cada día.
Por ello, la sola posibilidad de vivir en mejores condiciones físicas y mentales debería motivarte para realizar ejercicio a diario. Olvida la pereza y el clásico “mañana empiezo”. Piensa que hacer ejercicio es la mejor inversión a corto y a largo plazo que puedas hacer. ¡Vivirás más y mejor! 
Nunca es tarde para empezar, da igual la edad a la que decidas invertir en tu salud. Siempre vas a notar los beneficios y tu organismo va a mejorar todas sus constantes, tengas la edad que tengas. Lógicamente cuanto antes empieces y más ejercicio hagas, mejor.
Se puede concluir, por tanto, que el ejercicio es lo más parecido que existe a beber de la fuente de la eterna juventud.
Sesiones de 45 minutos serían suficientes para vivir más tiempo en plenitud.
La mejor combinación de ejercicios sería ésta:
  • 15 minutos de ejercicios de fuerza. Fondos, tríceps y bíceps para tonificar el tórax.
  • 5 minutos de abdominales. Fortalecer esta zona es probablemente el ejercicio más importante.  
  • Y 25 minutos de carrera en el que intercalar ritmos rápidos y otros más fáciles.
Añade un par de sesiones de yoga a la semana, mantendrás y mejorarás la elasticidad necesaria que pierdes sin remedio cada año.
EL CONFIDENCIAL, Martes 17 de septiembre de 2013